Dacrifílicos pensad que no estoy llorando

El pensamiento se manifiesta como la palabra;
la palabra se manifiesta como el hecho;
el hecho se convierte en un hábito;
y el hábito se endurece hasta convertirse en carácter;
de modo que observa el pensamiento y sus formas
con cuidado, 
y deja que surja del amor
y que nazca de la preocupación por todos los seres...
Del mismo modo que la sombra sigue al cuerpo,
conforme a lo que pensamos, en eso nos convertimos.
Del Dhammapada (Proverbios de Buda).


“...mientras medito entre polvo y polvo –o, mejor aún, durante ellos- con una intensidad para mí desconocida, siento como si poco a poco fuera transformándose mi cuerpo en una serpiente enroscada –así lo sugiere la iconografía tradicional del tantrismo y así, efectivamente, es- que va desplegando sus múltiples anillos y ascendiendo de chakra en chakra hasta activar todos mis centros de energía cósmica, telúrica y espiritual. Luego, cuando estalla el orgasmo (que puede ser físico o mental, pero sin eyaculación ni, por lo tanto, desgaste), el fuego de kundalini me golpea el entrecejo y me abrasa el vértice y el vórtice de la coronilla, y presencio (y escucho) con el tercer ojo el big bang de los orígenes y la horripilante y fascinante cabalgata del fin de los tiempos. […] He aprendido a vivir en el presente, a ahuyentar los espectros del dualismo, a ser territorio y no mapa, a manejar el lenguaje de la comprensión (que no pretende demostrar nada, sino ayudar a quien te escucha) y a desdeñar la inútil búsqueda del porqué de las cosas concentrándome por entero en averiguar su cómo. […] He aprendido a hacer el amor sin eyacular y a no hacerlo cuando estoy excitado, a no buscar en el coito la cumbre del placer instantáneo sino el valle del gozo sostenido, a olvidar lo que sabía, a dejar que bailen durante la cópula todas las células del cuerpo como bailan las espigas del trigal cuando las agita el aire, a volverme loco sin perder la calma, a respirar lenta y profundamente mientras me apareo, y a comprender que las posturas del Kamasutra no son físicas, sino mentales, y que el amor carnal rectamente planteado y practicado desemboca en un continuum meditativo que regenera el cuerpo en lugar de desgastarlo. […] El sexo como templo, como plegaria, como trampolín, como espacio para la meditación y ceremonia para la iniciación. […] Y, por último, he aprendido que la muerte debe vivirse como si fuera (que lo es) un gigantesco y definitivo orgasmo. En el momento de morir –son palabras de mi maestro- sé consciente de tu cuerpo que muere, como si se retirase hacia el centro, y entonces serás inmortal.”
LA PRUEBA DEL LABERINTO, Fernando Sánchez Dragó.

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